Manuel Zepeda - Ideologías

 

Todos estos actos tuvieron recorridos terrestres en donde el público de la capital de la república se agolpaba para ver pasar al señor Presidente con una alegría inmensa reflejada en la luz de sus semblantes, en los gritos y hurras que emitían, en su felicidad.

Si Vicente Fox Quezada en esas horas cruciales para el país hubiera sugerido cualquier asunto de interés nacional que tuviera que ver con la enorme participación de la sociedad civil, lo hubiera obtenido por el mandato popular que ese momento aglutinaba, inmenso producto de una gran campaña y por el deseo inmenso de un pueblo de 100 millones de habitantes que quería una alternancia democrática, necesaria, lo hemos visto que para bien de México, en la construcción del nuevo milenio nacional.

Todos después sin excepción supimos de lo sucedido, enterándonos día con día, riéndonos o dándonos vergüenza por tener un Presidente del tamaño de sus barbaridades. Entre los Head Hunter hasta el dominio casi total del poder de Martha Sahagún sobre todo lo que le rodeaba, pasando por las botas de charol, el beso estruendoso en la Capilla de San Pedro y el casamiento mismo, el pleito de placeras entre el canciller y el secretario de Economía por ver quién debía ir a la Reunión Mundial de Comercio, el “y yo ¿por qué?” o la respuesta al niño de primaria que le preguntó que se sentía ser presidente: ¡Ñáñaras!, le respondió, entre tantos y tantos y tantos asuntos que se tejían todos los días dando notas mediáticas al por mayor para delicia de los comunicadores y cómicos, que vaya que tuvieron tela de donde cortar, la vida nacional fue transcurriendo y diluyéndose al no haber ningún proyecto firme de país que viera hacia adelante en los próximos 50 años de la vida nacional.

Ahora, el exportador de brócoli asentado en su rancho de Guanajuato en donde tiene grandes instalaciones para “que vengan a estudiar los niños de México” y vean el museo que tiene con sus regalos oficiales recibidos durante sus visitas a las naciones del mundo que no fueron pocas, o jueguen a ser presidentes por 10 minutos en la réplica de su oficina que tuvo seis años, repite desde México, después de simpatizar con el libre juego de la marihuana dicho hace algunos meses, lo que pretendió ser tesis filosófica de fin de milenio a propósito de la Glasnost soviética y la caída del Muro de Berlín, de que estamos asistiendo al fin de la ideologías.

Vicente Fox adujo que las ideologías en este mundo globalizado, palabras más, palabras menos, ya no se necesitaban, ya no hacían falta.

Yo digo que es precisamente en este arranque de visión futura en donde los emergentes deben de proponer qué quieren del futuro del hombre, en donde las ideologías y los grandes sacrificios del hombre abonen de la historia misma de la humanidad para que el hombre nuevo abreve en la memoria necesaria de la construcción del mundo que hemos edificado, para extrapolarlo al mundo que queremos.

Las ideologías se hacen indispensables e imprescindibles en la construcción de un nuevo planeta, porque quienes habitarán en él, así lo exigen. De lo contrario, no podrían vivir.

Nuestros hijos y los hijos de ellos habrán de ver planteamientos nuevos de un mundo que se quiere y que requiere de cambios necesarios y urgentes pero serán, al fin, con el firme sostenimiento de planteamientos ideológicos con una forma nueva de ver el mundo, tal vez unificada, pero siempre sentimientos surgidos y materializados por el pensamiento humano.

No concibo la existencia humana sin el pensamiento correspondiente. Sólo así avanzamos en la construcción de mundos nuevos, porque la ideología es sinónimo de inteligencia. Una sociedad sin ideología es una sociedad que se niega a sí misma, arrancándose las neuronas.

Por eso respondió así el que alguna vez tuvo, a discreción, la voluntad popular.

¡Ñáñaras!

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