Manuel Zepeda - Manantial en la arena

 

Si transitamos por Ávila Camacho y entramos al viaducto para iniciar Zaragoza veremos al final del túnel, del lado izquierdo y al inicio del graderío que desemboca en el Parque Juárez, un borbotón de agua eterno. Es un manantial cuyas aguas se desperdician y se van al caño para sumarse seguramente a otros manantiales que harán humedales en algún lugar de Xalapa o se integran sus aguas a las del dique y su belleza evidente. En ese borbotón descrito y que nace a un lado de Palacio de Gobierno, da inicio la calle de Barragán que se despliega en tres cuadras y un pedazo mas desvaneciéndose poco a poquito en los terrenos que todavía son del hospital de tercer nivel del Seguro Social. Allí, en Barragán, mero enfrente de la casa que fuera de Don Juan de la Luz Enríquez y que habitara el siempre querido y extrañado Miguel Vélez Arceo, compañero eterno de nuestra Universidad veracruzana, por haber contraído nupcias con una de las muchas descendientes del general. Allí enfrente decía, hay otro manantial que en los últimos tiempos ha segado su erupción acuosa, seguramente porque aguas arriba habrá algún bloqueo que impida su escurrimiento. Hasta hace poco tiempo, esa fuente brotante servía para lavar los autos que se estacionaban cerca de ahí, cuyos propietarios iban a Palacio a realizar alguna encomienda, “lavada” que se realizaba con un intercambio de 20 pesos.

Recuerdo una plática interesante de hace algunos meses con Enrique Murillo, talentosísimo arquitecto de origen tlacotalpeño, como Don Juan de la Luz Enríquez, autor de la terminal de autobuses de Xalapa, CAXA y de la Sala de Conciertos de la Universidad Veracruzana. Nos lamentábamos en la conversación de que toda el agua de los manantiales de la capital veracruzana estuviera contaminada y no se hubiera hecho nada, pudiéndose intentar la hazaña necesaria. De repente, me dice a boca de jarro:

-¿Como verías si las aguas de los Tecajetes, en lugar de que se pierdan en el desperdicio, mediante un bombeo mínimo se alzaran hasta la cota de Ávila Camacho para que a partir de allí escurrieran sobre la avenida rumbo a Palacio y de allí hacia el Dique, escurriendo en sus banquetas contenidas en un acueducto muy bien diseñado en concordancia con la arquitectura xalapeña? Imagínate Manuel, me decía el parsimonioso arquitecto, los sonidos que esa agua en escurrimiento provocaría. La gente que transitara por las banquetas de Ávila Camacho lo haría con otro sentido de apreciación de la vida, lo haría con un mayor gusto.

Yo, que amo a esta ciudad profundamente, tomé la propuesta del arquitecto con mucho entusiasmo, con el deseo de que algún gobernante municipal o estatal la hiciera suya y se la encomiende, sobre todo, a alguien que lo pudiera realizar bien.

El agua y los colores verdes de Xalapa han sido asunto de siempre en la capital veracruzana. El ejemplo más cercano es la USBI.

De ser un páramo lleno de lodo y de arcillas expansivas, en donde los domingos se hacían partidos de fut y de beis en medio de auténticas tormentas de tierra, los niños aprendían a montar bicicleta, mi hija mayor entre ellas, o los universitarios como Arturo Messeguer, Sergio Ramírez Rebolledo, Pepe Maya, Enrique Pineda y un servidor nos jugábamos la vida en ese páramo de piedra, polvo y lodo intentando jugar al beisbol, hoy es uno de los sitios que los ciudadanos y sus familias visitan obligadamente el fin de semana.

Lo que hizo Víctor Arredondo con el apoyo de su hermano y del ingeniero Hernández, especialista profundo de los humedales de Xalapa y su comportamiento, fue poner los escurrimientos de agua en su lugar, las cotas exactas con los movimientos de tierra necesarios. De allí vino la instalación de las plantas afines a la vocación de la tierra y la humedad y, dos años después, la USBI se convirtió de un páramo inhóspito en un paraíso terrenal para orgullo de quienes vivimos en esta tierra. Hoy, la USBI recibe aves migratorias, tiene canales de navegación para practicar el kayak, orquideários para estudiar esas epífitas de ornato, canchas deportivas con pastos muy bien cuidados y regados, espacios al aire libre para practicar el desarrollo de las artes escénicas y un centro de documentación de primer mundo en donde los estudiantes de la UV estudian todos los días con adelantos de punta.

Ahora que el cambio climático nos amenaza sin que hagamos nada, mas que hablar y hablar como si con las palabras se resolviera ese gran problema de la vida, me dieron ganas de hablar de un asentamiento como el de la capital de Veracruz que tiene una variedad de verdes que rebasan las cien posibilidades pero, sobre todo, una gran cantidad de agua, su principal fortaleza, que está esperando quién se decida a limpiarla para que se convierta en la gran ciudad del mundo, la que convoque a las inteligencias del planeta a dirimir los entuertos del mundo. ¿Qué, no se puede?

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