El estadounidense que se enamoró de Coatza

El estadounidense que se enamoró de Coatza

Jaime tiene todo para vivir en el país más poderoso del mundo, pero algo lo ata a esta ciudad desde hace 12 años

 

CRISPÍN GARRIDO MANCILLA

FOTOS: DENISSE CARRIÓN CÓRDOVA

Coatzacoalcos

Muchos conocen a Jaime, a quien en días de clase se ve a un costado de la Escuela Secundaria Técnica 19, mientras espera a su hijo con su ropa holgada y sus botas de hule o en la colonia Obrera, donde lo mismo da clases de inglés, impermeabiliza techos o chapea los frentes de las casas.

Alto, fuerte, de cabello lacio, en plena transición de rubio a cano. Habla fuerte y con convicción en un español atropellado, que fácilmente se confunde con “portuñol”, habida cuenta que con la construcción del proyecto Etileno XXI los brasileños están de moda.

Sin embargo, para quienes no lo conocen, no deja de parecer extraño que en tan poco tiempo ya tenga un hijo inscrito en una secundaria pública y además sus conversaciones, a voz cuello, incluyan palabras tan coloquiales como “cabrón” o “lana” (para referirse al dinero) o alguno que otro vocablo atribuido a los alvaradeños, pero de uso generalizado en Coatzacoalcos.

Pero en realidad su nombre es Jaime David Hills Solís, nacido en Matamoros, Tamaulipas, el 19 de noviembre de 1967, hijo del estadounidense Dave Hills y la mexicana, de Ixhuatlán del Sureste, Rosa Solís Vega.

A los tres meses de nacido, Jaime fue llevado a la tierra de su padre biológico: Fayetteville, Carolina del Norte, donde a los tres años el hombre se fue para no volver. Como un año y medio después, su mamá se juntó con Marvin Smart, a quien Jaime reconoce como su verdadero padre. Con los hijos de él, de un anterior matrimonio, y los que tuvieron juntos, en total formaron una familia de 12 hijos. “Ahí todos somos hermanos”, dice Jaime, en alusión a que sus padres los enseñaron a no verse como iguales.

A los 18 años, Jaime ingresó al Ejército de los Estados Unidos, en el que llegó a formar parte de las Fuerzas Especiales y participó en la guerra de Kuwait, en los tiempos de George Bush padre.

Terminada la guerra, estuvo asignado a diferentes instalaciones militares, tanto dentro del territorio de Estados Unidos como en otros países, entre ellos Japón, Alemania, Rusia y Corea.

Al final de esa etapa estuvo seis meses como entrenador de tropas en Fort Bragg, cerca de Fayetteville, antes de pedir su baja tras 10 años de servicio. Se puso a trabajar con su padre, contratista en obra civil. Allí aprendió a trabajar materiales como block, azulejo y madera, así como a hacer instalaciones eléctricas, formando parte de un equipo que viajaba por diferentes rumbos de la Unión Americana.

En el año 2000 fue contratado para trabajar como electricista para una empresa estadounidense en Mérida, Yucatán; pero antes de reportarse quiso venir a conocer la tierra de la que su madre había salido para no volver.

Pero el amor le tendería una celada. Llegó a Coatzacoalcos, relativamente joven aún, y se empleó en una tienda. Allí conoció a Guadalupe Hernández Alfonso, aunque hasta la fecha él siempre le dice Lupe, porque no logra hilar tan complicado nombre en español.

Prendados uno del otro, como siguen hasta ahora, no tardaron en entablar un noviazgo y antes de que Jaime empacara sus cosas para ir a trabajar a Mérida, ella quedó embarazada. Él, luego de la difícil experiencia que vivió de niño, supo que jamás la abandonaría, y a partir de entonces ha sufrido como cualquier mexicano (como él también es, aunque no parece) las dificultades de una economía tan complicada como la nuestra.

Entrón para el trabajo e idealista, como muchos extranjeros que se enamoran de la cultura mexicana, renunció a la ventaja de tener la ciudadanía estadounidense, con todo lo que ello implica, y quedó anclado en la colonia Obrera de Coatzacoalcos, una de las más difíciles en términos de seguridad, debido a que es sitio de descanso de migrantes centroamericanos.

Gracias a que habla más inglés que español, comenzó a impartir clases de ese idioma en escuelas privadas, donde llegó a ganar hasta 100 pesos la hora, lo cual le habría permitido progresar económicamente. Pero no tardó mucho en fastidiarse de la grosería de jovenzuelos que se burlaban de él, con el argumento de que “mi papá es rico y yo no tengo necesidad de aprender inglés”, por lo que, decepcionado, decidió no volver a dar clases en colegios de paga.

Aceptó la propuesta de un kínder de su misma colonia para construir allí una pequeña casa de lámina de zinc y madera, donde vive con su esposa y sus dos hijos, Jaime Esteban Hills Hernández, de 12 años, y David Luke Hills Hernández, de 11.

Para sobrevivir ha tenido que salir en ocasiones con sus herramientas por las calles de su colonia a buscar quién le dé trabajo, incluso chapeando el zacate a cambio de 50 pesos. Hace trabajos más elaborados, como reparaciones eléctricas o de albañilería.

A cambio de usar el lugar donde construyó su casa, Jaime da mantenimiento al kínder, incluyendo la corrección de filtraciones en el techo de cualquiera de la las aulas, lo que ocasionó que un día se cayera y se lastimara un brazo.

Imparte clases de inglés en la biblioteca de La Alameda, a 20 pesos por semana por alumno, con lo cual a veces no saca siquiera para el pasaje del camión urbano. Con eso logra reunir el dinero suficiente para la comida y los gastos que implica llevar a sus hijos a escuelas de gobierno, pero no logra activar la economía familiar para poder sentir que progresa. Por eso durante buena parte de 2013 se enfocó a comprar y equipar un carrito para vender hamburguesas, dispuesto incluso a dejar de dar clases de inglés para atender su incipiente negocio, aprovechando que hay mucha gente que lo conoce y lo aprecia por el rumbo del puente de la Avenida Uno.

Comenzó incluso su venta los fines de semana, principalmente de hamburguesas, pero el clima, que ha estado excepcionalmente lluvioso, le impidió tomar vuelo. Luego, a finales de noviembre, su esposa enfermó tan gravemente que él pasó varios días en el hospital con ella, que aún no se logra recuperar del todo, y acabó hasta con los utensilios de su micronegocio.

Ante esta situación, que lo dejó sin la oportunidad de celebrar la Navidad, como acostumbraban hacer, Jaime empezó a reconsiderar sus principios y regresar a dar clases de inglés en escuelas privadas, donde le sostienen el ofrecimiento de un buen sueldo y además becas para sus hijos, severamente afectados por el paro magisterial y las constantes ausencias de algunos maestros.

Y, entonces, es inevitable la pregunta de ¿qué hace Jaime en Coatzacoalcos, pudiendo vivir mucho mejor en su otro país, donde además tiene a sus padres y muchos hermanos?

Son varias cosas, que no dejan de sorprender. La principal es doña Lupe, por quien se quedó aquí y quien se niega a dejar a su madre. Pero hay otra: “Mis papás dicen que estoy loco. Y tal vez tú vas a pensar también que estoy loco. Pero yo tengo un sueño. Así como Martin Luther King tuvo un sueño, de que un día las razas blanca y negra pudieran coexistir como iguales, yo tengo un sueño de que un día México pueda ser igual de desarrollado que Estados Unidos”.

No hay argumento que pueda contra su convicción. Asegura que no es algo que podamos resolver los adultos, sino que se tiene que empezar por modificar los valores de los niños, empezando por sus hijos. A todos ellos, yo les digo: “Tú un día puedes ser presidente de este país, y les enseño a ser distintos: Les enseño la honestidad, el trabajo, el estudio”.

Un sueño difícil, pero en el que Jaime cree. Y su esposa y sus hijos sonríen sin importarles la pobreza que seguramente no tendrían en Estados Unidos. Es un buen comienzo para cambiar a un país, que, de entrada, no entiende a personas como él.

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