31 de diciembre, el día que todo ardió

31 de diciembre, el día que todo ardió

*Los sobrevivientes recuerdan el incendio del mercado Hidalgo como el momento más escalofriante de su vida; para otros fue simplemente el día en que se perdió todo

*Por los hechos fueron encarceladas dos mujeres inocentes; a 11 años, sobre la tragedia se yergue un manto de impunidad

Yasmín Mariche

Veracruz

Calles repletas de gente que en cuestión de segundos se convirtieron en lo que algunos describen como un infierno. Altas llamaradas de fuego avanzaban y se elevaban entre los tumultos de las personas que transitaban entre la avenida Miguel Hidalgo y la calle de Juan Soto.

Entre llanto, gritos y desesperadas plegarias de auxilio varios lograron salir; otros tantos vieron su camino truncado cuando la estampida de gente pasó sobre los antes cuerpos de amas de casa y niños; unos más murieron al tiempo de la explosión, consumidos entre las llamas o asfixiados por la incesante cantidad de humo que resultó de la gran cantidad de pirotecnia que había en la bodega desde la que comenzó todo.

Eran cerca de las 17:00 horas del 31 de diciembre del año 2002; la gente realizaba compras de último momento para la cena de año nuevo. La explosión tomó por sorpresa a todos.

El lugar contaba con la predominante presencia de mujeres y niños; muchos de los sobrevivientes recuerdan ese día como el más escalofriante de sus vidas. Doce años después de la explosión no existen responsables y el caso prevalece en la plenitud de la impunidad.

Guadalupe Flores recuerda bien lo que ocurrió en los momentos previos a la explosión de aquel día, puesto que dice: “Es muy difícil olvidar el día en el que se pierde todo”.

Relata que ella se hallaba en la esquina de Juan Soto y Miguel Hidalgo, donde vendía cohetes como otros tantos comerciantes de la zona de mercados, pero jamás imaginó que eso la llevaría a pasar ocho meses tras las rejas.

“Me arrastre desde la panadería hasta un taxi con todos los brazos quemados, la cara; un cohete me abrió los labios y otro cohetón se me encajó entre las costillas; el cabello estaba hecho chicle… Todo me dolía, me salía líquido por donde quiera.

“Estuve tres meses en recuperación; de ahí me arraigaron, a mí y a otra compañera, porque vendíamos cohetes”, señala Lupe, quien hoy vende frutas de temporada en la cercanía del mercado Miguel Hidalgo.

En sus brazos quedó marcado parte del dolor de aquel día. Perdió su puesto y a compañeros comerciantes. Al salir de la cárcel, retomar su vida no fue nada sencillo.

Reitera que eran varios los que vendieron cohetes en aquella época. La gente tenía acceso a los permisos para ofertar dicho producto en las fiestas decembrinas y otras tantas fechas, pero jamás hubo un incidente de tal magnitud.

“Vendíamos cohetes y era lo que todo mundo hacía. Vendíamos bengalas, chispitas. Todo eso tiene pólvora, más o menos, todo tiene pólvora”.

Para Guadalupe fueron unos cuantos meses de encierro en los que le cambió la vida. En tanto, Jobita Macario permaneció encerrada en la cárcel durante tres años; su padre y su hermana, Dolores, de apenas 12 años, murieron en el siniestro. Todavía no superaba el dolor de haber perdido a su familia cuando ya avanzaba hacia una celda.

Ese 31 de diciembre se encontraba realizando las últimas compras para la cena de fin de año en un supermercado que se encuentra en la avenida Salvador Díaz Mirón.

“Es un día que no se puede olvidar. Es el día que perdí a mi papá y a mi hermana. Ese día perdí todo. Me llevaron a la cárcel, me tuvieron ahí tres años, siendo yo el sustento de mi familia, con mi madre enferma. Mi hijo menor tuvo que salirse de estudiar porque no había forma de mantenerlo estando ahí. Nos quedamos con una mano atrás y otra adelante”, expresa con pesar.

Jobita afirma que su padre le enseñó a manejar los cohetes desde que ella tenía 7 años de edad, ya que él lo había hecho desde siempre.

Después de tres años en prisión por haber sido responsable de la muerte de 28 personas, entre ellas su padre y su hermana, Jobita consiguió su libertad. Dice que todos los trámites para que eso fuera posible se dispusieron favorablemente gracias a que el entonces gobernador Fidel Herrera la apoyó y creyó en su inocencia.

 

“Queda una marcada, ya la ven a una como bicho raro. Tuve que ir con una psicóloga para superar la situación. Año tras año es lo mismo: recordar con dolor el día que murió mi padre y mi hermana”, precisa sobre lo ocurrido tras recibir una disculpa por parte de las autoridades penitenciarias, ya que después de todo comprobaron su inocencia.

Añade que ha sido complicado volver a vender en el mercado: conseguir un permiso le resulta casi imposible, y ante ello una de sus tías le prestó su espacio para vender algunas bolsas y otros artículos de novedad.

“No me iba a quedar escondida toda la vida, tenía que salir y seguir luchando”, expone Jobita, quien aún lamenta que siga impune la situación en la que se perdieron tantas vidas.

Desde aquel 31 de diciembre los locatarios del mercado encabezan una misa para recordar aquel amargo momento en el que tanta gente perdió la vida, además de los testimonios de la gente que trabaja en las orillas del mercado Miguel Hidalgo y el Unidad Veracruzana; un placa situada en la avenida Hidalgo recuerda a la gente los nombres de las 28 vidas que se extinguieron a causa de tal siniestro.

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